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SoloGood: El tiempo felizmente robado (La Razón, 2018)

marzo 1, 2018

SoloGood: El tiempo felizmente robado (La Razón, 2018)

Antes de que se apaguen los últimos rescoldos de Arco 2018, y cuando todavía resuenan los rumores de polémicas diseñadas en laboratorio y completamente infértiles para el debate sobre el futuro de la praxis artística, conviene rescatar in extremis uno de los eventos más fascinantes de todo el programa oficial: . Un discurso como el planteado como el curador de la muestra solo podía tener la impronta de un site specific: con sede en un local de la madrileña Calle del Prado, el espectador entra a un espacio temporalmente “robado”, un contexto precario que se vive como una estructura ligera, sin peso institucional, al modo de una experiencia intensiva que conforme llega, desaparece, y no construye modelos identitarios e imperecederos. Si lo propio del luego, de la experiencia lúdica, es –como sostiene Gadamer- no dejar huella y, por tanto, no determinar futuros comportamientos, esta propuesta curatorial triunfa indiscutiblemente en su propósito. De hecho, el perímetro que delimita se asemeja a ese “intersticio social” del que hablaba Bourriaud, y en que el tiempo y el ritmo propios del sistema productivo ordinario mutan en un régimen experiencial en el que se manifiestan el exceso, la celebración, los trayectos cruzados surgidos del extravío.

El caso de Montserrat Mesalles es, en este sentido, paradigmático. Sus esculturas –realizadas a partir de material reciclado- otorgan una vida de más al objeto, un tiempo extra que el sistema no puede absorber e incorporar a sus dinámicas de eficiencia. Su estrategia podría calificarse como una zombificación del objeto común: la materia renace desde la muerte, pero sobrecargada con una energía lúdica que el funcionalismo capitalista había reprimido. La operación llevada a cabo por Mesalles no es convertir este “segundo tiempo” de los objetos en una suerte de vida mortecina, sino hacer de él la oportunidad en la que aquellos liberan una intensidad vital que jamás habían mostrado. Si el exceso fue definido por Bataille como aquella “parte maldita” que el sistema no es capaz de metabolizar, entonces los objetos de Mesalles ejemplifican la maldición de una intensidad irreductible y políticamente gozosa.

En esta misma dirección, las obras de Aimée Joaristi se revelan como una cadena de experiencias detonadas y fuera de todo control. Sus ejemplos de “pintura en campo expandido” –desbordando los límites del marco en forma de cuerpo reptando sobre el suelo o de “derrame” audiovisual- manifiestan de manera meridiana una emotividad que solo persigue la interferencia, la ruptura de los sistemas mentales binarios, la disolución de los contrastes y de las dimensiones impenetrables. Cualquier lenguaje implica una mediación, pero, en su caso, la pintura abrasa y parece acontecer con una inmediatez que arrastra al espectador fuera de cualquier trinchera o distancia de seguridad.

Para John Paul Fauves, la cultura solo se sedimenta impuramente en el imaginario colectivo. Entre Matisse y Mickey Mouse no hay diferencias de grado ni de tiempo. Solo pervive en la memoria aquello que es capaz de extraviarse, de perder su sentido original, y de recalar en contextos a priori impensables e inapropiados. La pureza conlleva la muerte, y solo en los vastos territorios del mestizaje los iconos se aproximan a nuestros usos diarios y se entreveran con la experiencia. Después de su desacralización, las referencias culturales se tornan gráciles, manejables y susceptibles de ser transportadas –lúdicamente- de un lugar a otro. La suya –como la de las otras dos artistas mencionadas- es una reconversión del arte en términos de realidad nómada, sin la monumentalidad del asentamiento definitivo y, por ende, entregado a la regocijante vivencia del viaje sin remordimientos, sin sensación de alejamiento de ningún origen y hogar.

Etiquetas critica arte

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