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Rosa Rubio

Rojo, blanco y negro

05.02_10.04.2009


La primera impresión que tuve cuando conocí el estudio de Rosa Rubio fue la de encontrarme en un espacio de disfrute, un lugar donde la artista se divierte enormemente concentrándose en su trabajo.
 
Es un placer descubrir la gran cantidad de pinturas y dibujos sobre papel, de pequeño, mediano y gran formato, dispuestos al mismo tiempo con orden y abigarramiento, todos ellos de colores puros, potentes y llamativos: rojos, negros, blancos, algunos amarillos; así como la ubicación, no exenta de un leve acento escenográfico, de sus esculturas de yeso sobre una mesa y en ciertos rincones de la habitación: casas, pájaros, árboles, barcos, que te hacen pensar que estás visitando algún curioso tipo de bazar infantil; ocurrencia que se me confirmó el día en que vi a los dos hijos de Rosa, dos niños, entrar en el taller y buscar enseguida materiales con los que pintar, con los que colorear un cartón; o cinta adhesiva, listones de madera, tijeras y cartón pluma con los que fabricar en un santiamén el chasis de un automóvil.
 
En ese momento me dije: para un crío, para cualquiera que conserve algo de ingenuidad en su alma y en su mirada, el estudio de Rosa debe de ser comparable al laboratorio de un alquimista o de un mago, un lugar donde se transmutan en objetos maravillosos los materiales más humildes. Al cruzar el umbral de la puerta, uno pasa abruptamente del ámbito cotidiano, a veces agresivo, de la calle, a un espacio donde transcurre el tiempo de la imaginación y la creación pura.
 

En su pintura, Rosa ha utilizado poco los soportes a los que suelen recurrir los pintores: el lienzo sobre bastidor o la tabla. Desde muy temprano, ya en los años ochenta, en su época de estudiante en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense, mostró una decidida preferencia por el papel, que se fue decantando con el paso de los años hacia un tipo de papel de elevado gramaje 360 g/m2 el que menos y 600 el que más papeles gruesos casi se diría que son planchas de papel, de textura rugosa y accidentada, hechos artesanalmente con fibras de plantas herbáceas "no madereras" en los que, como es el caso de las obras de la presente exposición, predomina el lino. Al mismo tiempo, para piezas de menor tamaño, que por su hechura frágil y exquisita parecen destinadas a ser vistas y tocadas en la más estricta intimidad, utiliza papeles parafinados o vegetales, aprovechando el efecto de translucidez y veladura que éstos producen al superponerlos a otra imagen pintada o dibujada sobre un soporte opaco.

Rosa Rubio despliega en sus papeles y yesos un repertorio de objetos, símbolos y personajes que ya empezó a concretarse en su obra a mediados de los años ochenta, constituyéndose en una suerte de vocabulario cifrado al margen del lenguaje oral o escrito. En la presente exposición persisten sus imágenes emblemáticas: el pájaro que picotea un huevo, la cabeza-cactus, la cruz (cruces a veces apiñadas como en un cementerio, o solitarias, como en una de las obras de esta exposición, alzándose cual monumento funerario sobre una mesa contra un fondo negro); el árbol-mano-corona -que Rosa denomina árbol de la vida-, la casa, la barca.

Hay detalles reveladores, como los enormes clavos oxidados que hacen de mástiles en el barco de estuco, modificando significativamente el cariz inocente del objeto. Asombra la extrema concisión y rotundidad con que Rosa Rubio dibuja, recorta, pinta y modela sus personajes, signos y símbolos; y sorprende agradablemente el movimiento espiritual, quizás más intuitivo que voluntario, que uno advierte en sus obras: un dirigirse hacia un ámbito de calma, concentración y amor que se sobreponga a la parcela más rutinaria de nuestras vidas; una tendencia a elevarse sobre lo común y ordinario, que reflejan muy bien sus casitas blancas de madera y estuco, pequeños emblemas de la intimidad y de la vida en familia, de cuya chimenea sale un hilo de humo en forma de muelle, un grafismo en el aire que la propia Rosa identifica con el vuelo del espíritu hacia un plano superior, el anhelo por llegar más allá, aún sin saber muy bien a qué clase de esfera inmaterial.
 
TEXTO INCLUIDO EN EL CATÁLOGO DE LA EXPOSICIÓN
Óscar Muñoz Sánchez.
Conservador. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
 

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