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Gabriella Locci

Meravigliose Mappe Misteriose · Madrid

10.02_15.09.2010


Algo inquietante se mueve en el interior de las obras de Gabriella Locci, algo huidizo, algo que vive en esa zona de sombra que separa la conciencia del inconsciente, la razón de la irracionalidad y, por último, lo icono de lo informe. Fluctúan en ellas señales ambiguas de difícil descodificación, que parecen contradecir su finalidad comunicativa última: son señales perturbadoras.

 
Es difícil ante tal complejidad clasificar o contextualizar la obra gráfica de la artista. Su mundo visual pertenece, aparentemente, a la galaxia del arte informal, pero lo informal no es una escuela o un estilo sino, más bien, una “etiqueta” que reúne corrientes y poéticas artísticas distintas, reconducibles en cualquier caso a la voluntad de indagar las posibilidades íntimas de la materia, del color, del signo y del gesto, más que de la forma.
Por lo tanto, arte, el de Locci, indeterminado, pero en el que tal “indeterminación” es un valor añadido porque tiene padres nobles, y no sólo en el campo artístico: el psicoanálisis de Freud, o el principio de indeterminación de Heisenberg, que redefinieron los ámbitos de la física y de las otras ciencias humanas, trastornando sus códigos lógicos y racionales, demostrando la existencia de lo irracional y lo inconsciente, del automatismo y la discontinuidad, de la interferencia y la perturbación.
 
 
Aparecen en sus láminas –a menudo de dimensiones inusitadas en el ámbito del grabado- grumos de figuración que evocan, sin describirlos, fragmentos de realidad empastados con el magma bullente del inconsciente. Poco importa que se trate de ballenas de mórbidas líneas abombadas, de alusivas partes anatómicas, rasgadas, heridas y manchadas de sangre o eróticamente connotadas, o de cavidades y refugios uterinos y maternos o, incluso, de extrañas figuras humanas, en algún caso autorretratos.
Estos núcleos figurativos se concretizan, o mejor, cuajan en amplias y corpóreas superficies negras, marcadas y recorridas por vetas de un rojo, a veces brillante, a veces oscuro, y todas desplegándose aparentemente con un vitalismo gestual que remite a otros padres nobles, en este caso puntos de referencia imprescindibles para muchos artistas del siglo XX, como Franz Kline, Hans Hartung y no digamos Joan Miró y su biomorfismo. Sin embargo, una vez más, Gabriella Locci, superando referencias y deudas, imprime a sus obras una sorprendente carga de originalidad, a partir de un dato meramente técnico para lograr finalmente una gran intensidad emocional.
 
Al sobreponer técnicas clásicas a otras más recientes, con procesos aparentemente alquímicos pero conscientemente dirigidos, y forzando al máximo sus potencialidades expresivas, la artista alcanza sorprendentes efectos pictóricos, inusuales en el ámbito del grabado, con atmósferas a veces tenebrosas y nocturnas, a veces dinámicas, fluidas y nunca apaciguadas, originadas por el choque entre una racionalidad sometida a opciones de naturaleza técnico-estilística y un fogoso apasionamiento expresivo.
Son, ni más ni menos, señales perturbadoras, que se condensan y toman forma sobre el papel, al indicar un sufrimiento existencial que alcanza los estratos más profundos y protegidos de la interioridad pero que, al mismo tiempo, se muestra sabedor de una realidad social cada vez más quebrada y desorientada.
 
Ivo Serafino Fenu
 
 

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