Ese diálogo entre la superficie bidimensional, ya sea la piel del papel, la de la tela, la madera, o incluso la propia tierra, y el territorio volumétrico y espacial en el que habitan las obras escultóricas, puede ser fácilmente rastreado en los procesos creativos de numerosísimos escultores. De esa forma, ambos lenguajes han escenificado una dialéctica y enriquecedora relación formal y conceptual, plasmada en una doble e interactiva mirada.
Decía Julio González que la escultura era un "dibujo en el espacio". Así, con las palabras de este extraordinario escultor, podríamos fusionar este viaje plástico de ida y vuelta entre lo plano, que pugna por escapar de la tiranía de las dos dimensiones y el cuerpo volumétrico y espacial del país 3-D de la escultura, ciertamente un reino físico, químico y también psíquico.
Dibujar en el espacio trata precisamente de levantar acta notarial de este fértil diálogo entre el plano y la escultura, a través de las obras bi y tridimensionales de cuatro escultores que emplean el dibujo, la fotografía digital o también el territorio de conocimiento y comunicación que encarnan las páginas de un libro, como referencia y complemento de su propia obra escultórica, erigiendo un continuum plástico, formal y conceptual.
Esta exposición recoge, pues, una serie de obras en dos dimensiones de estos artistas que dialogan, se miran, se admiran e interactúan activamente con sus propios trabajos escultóricos. Les invito-incito a que abran la puerta del plano y pasen a la sala del espacio.
En la obra de Aníbal Merlo ese (ana)lógico diálogo entre el mundo 2D y el mundo 3D tiene lugar, curiosamente, a través de un proceso y un formato digital. Sus fotografías, capturadas por el ojo de la cámara y revividas por el ojo de cíclope del ordenador, son una suerte de anticipo bidimensional de los planos, sombras, luces, trayectos, colores, texturas y olores que acabarán conformando sus piezas escultóricas.
Un lenguaje de vida capturada y detenida, en un instante de crecimiento, por la carne del metal, la madera o el papel, y por la sangre de las pinturas y de las tintas de impresión. Como un naturalista riguroso, concienzudo -y a la vez soñador y demiurgo-, Aníbal estudia la cruda realidad para convertirla en cocinada fantasía.
Otro mundo natural habita igualmente la geografía artística de Bruno Mezcua. El bodegón, la naturaleza muerta, han recorrido -como un relámpago de flores, frutas, paños y calaveras- la historia del arte. Los jarrones florales que él nos propone parecen surgir de un extraño mundo de metal y dureza; es como si al acariciarlos, un nuevo rey Midas los hubiera convertido en gesto mineral, congelado y aprisionado, en auténtica y literal naturaleza muerta. No sabemos si son bouquets eternos para exaltar el amor de una princesa de hierro y acero, o si sus manos -por el arte de magia de la magia del arte- volverán a transformar la dureza en hojas, pétalos y aroma.
El cuerpo poliédrico de los libros puede conservar sabiduría, sueños e increíbles historias; los libros de Mar Solís están tatuados de signos, líneas y doradas heridas de tinta negra. Otras historias duermen en la cama de sus páginas, dibujadas y escritas con un lenguaje de ritmos, formas y palabras imaginadas. Como un acordeón de papel, se despliegan y se abren a un mundo de tres dimensiones, reivindicando su derecho a ser mucho más que renglones torcidos en el plano.
Andando, corriendo y brincando las criaturas de ese reino 2D se asoman a un universo de volumen y de espacios, Construyen, con sus largas y arácnidas extremidades, una arquitectura de movimiento y de siluetas; son umbrales para otros mundos (aunque estén en éste); pórticos para un plausible templo del dios de los espacios; estructuras que se asientan firmemente sobre el suelo, o ascienden, como insectos de madera y metal, por las paredes, para abrir nidos en las esquinas y desovar luces y sombras.
Los dibujos de Jorge Varas son como ventanas de papel que se abrieran despacio al paisaje del espacio. Miradores plateados, aparentemente fríos -sólo aparentemente-, vanos nada vanos, empeñados en "arrancar una presencia al vacío", tal como señalara lúcidamente Giacometti.
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