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Carlos Morago

Huellas de presencia

08.03_04.05.2007


No seremos nosotros quienes digamos que la idea no es el principio por donde el hombre urde sus pensamientos con la memoria para abrir otras puertas al conocimiento de lo propio y la reflexión; porque, en efecto así es. Pero en un mismo estrato resulta inevitable dar soporte a esa idea que, de otra manera, no sería posible trascender y para ello hay que tener idea de qué es lo que se quiere hacer.
 

En los tiempos que vivimos todo parece quedar al amparo mediático de lo intocable; en tal caso, la convergencia de lo dispar y la huída de procesos parece ser el hilo por donde la brillantez se manifiesta a la manera de aplauso de los ideólogos buscan en forma de singularidad que la falta de resursos propicia, disfrazando la ocurrencia con el vanguardismo que supone la idea en sí misma.

Pero resulta que hay artistas que pueden dominar de principio a fin su propio universo reflexivo y la evolución de sus ideas acerca de la estética y el rutilar de la existencia. Y lo hacen porque dominan el soporte y la enjundia del proceso para ser revelada cada idea desde la acción interna. Este es el caso de Carlos Morago, un autor consolidado que desde el realismo pictórico logra suscitar todo un torrente de poesía tan lírica unas veces como descarnada otras cargada de ese trasfondo en el que los conceptos suben a la superficie sin artificio ninguno.

Conceptos que llegan a nosotros por la vía de una ejecución a través de la cual establece un emocionante diálogo con el espectador, recogiéndose a sí mismo en torno a un sentido de la depuración acaudalado de trabajo y razón. Maestro de las ausencias, arquitecto de la soledad con presencias intuidas en el recuerdo, evocador de lo sórdido agarrado a la melancolía y zahorí de la belleza en los gestos que la intuición interpreta, Carlos domina cada rincón de su obra, siendo él mismo quien articula toda la orquestación de un universo que inventa jugando con el escalofío de la verdad y el sentido implicito de la pérdida aún con el aliento posado de la última mirada. Resulta exquisito en la experimentación de los principios de la decadencia del presente, elegante en los límites de una agudeza estética que alcanza a dibujar hasta los recodos abstractos de la herrumbre.

Puertas, ventanas, cierres, azulejos dehsbitados, profundos pasos entre los pasos del interior, luces y sombras, silencios, caprichos pintados por el azar que Carlos pinta y dibuja sin azar ninguno, blanco de inquietud, impostas mancilladas de resbalado olvido, leva y preciso en los contrastes del color, Morago nos presenta una muestra rotunda en la que no faltan los objetos de la vida transitada y la lozana vejez de los vidrios, en escenas que aprietan el alma llegadas desde un control del dibujo que la pintura empuja hacia ese margen donde lo normalse convierte en extraña huella dejada por la vida a su paso. Así el vacío que es toda una materia conceptual, se funde con el blanco y los leves grises en geometrías de cuya sombra la luz se ocupa apagando hasta lo oscuro los vanos cadenciosos, como si una regla inquebrantable se posara con aplomo para hacer un quiebro a la ruina revelando los rigores de una elegancia que Carlos ha sabido ver y catalizar llevando en ella su ideario.
 
Carlos Morago: Huellas de presencias
Juan Antonio Tinte, El Punto de las artes
 

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